Una persona y una inteligencia artificial las escribieron juntas: él marcaba el rumbo, ella ponía las palabras. Once álbumes, nueve mundos musicales: del rock de estadio al jazz negro y a la orquesta con coro.
Cada uno es un mundo. Ninguno se parece al anterior.
Una rebelión que nadie notó. Mala silla, mala mesa, buena idea.
Una luz en la ventana cuando parece que no hay nadie en casa. Las dos de la madrugada en cuarenta mil habitaciones.
La fragua. La forma es lo que queda después del fuego. Sin prometer que fue para bien.
El perdón como aritmética: la deuda es real, no se pagará nunca, y ambas cosas quedan para siempre.
Un club a las tres de la madrugada. La R del cartel se fundió en el noventa y cuatro y nadie la arregla.
Se transmite, no se enseña. Graba cómo canta tu madre. Hoy.
Quién le debe qué a quién. A los que más hicieron por ti ya no se les puede devolver nada.
Toda la historia, de una palma en la pared de una cueva a una granja de servidores en un campo de trigo.
Cinco canciones en nuestro idioma. La primera se llama «Padre».
Sin secretos y sin misticismo.
Cada álbum empezó con una pregunta para la que no teníamos respuesta. La música vino después.
Ochenta y ocho canciones en una sola noche. No por rapidez, sino porque se había acumulado.
El estilo se definió a mano para cada álbum: instrumentos, tempo, carácter de la voz.